Una noche en Pamplona
El tren del Renfe muy silencioso ya entraba en la noche de Pamplona. Minutos antes un empleado distribuía auriculares descartables. El hombre joven era delgado, alto y de lentes. Su actitud amable. Era el mismo que me indicó que debía subir al último vagón del convoy.
El tren desaceleraba su rauda marcha para ponerse a un costado de la estación férrea. Una vez quietos los vagones en fila, descendí en la estación amarilla ya avanzada la noche, con lo cual me sumergía en la incertidumbre de mis próximos pasos en una ciudad desconocida. Fui siguiendo como un autómata el malón de gente cuyos pasos seguros acusaban el hecho de saberse de memoria su camino. Yo los seguí hasta la salida donde se formaba una larga cola para tomar taxis. El centro, hacia dónde quedará? me preguntaba. Hasta que lancé la pregunta certera a una mujer que estaba adelante mío. Ella al escucharme hablar descubrió que yo era argentino. Inmediatamente mientras esperábamos nuestro turno en la fila, me empezó a contar de su experiencia cuando visitó argentina, no me acuerdo en qué año. De lo encantada que estaba de Buenos Aires y sus bares, de la sorpresa que tuvo cuando vio que los mozos eran longevos y que ya no deberían estar trabajando, sino que gozando de una buena jubilación. De la vergüenza que le daba ser atendida por personas de edad avanzada. De su gusto por escuchar mi acento. Cuando terminó de decir todo ésto y más también, yo todavía esperaba su respuesta a mi pregunta, la cual nunca llegó, pero a cambio de ello vino el ofrecimiento de llevarme en su taxi al centro de Pamplona. Taxi que también pagó ella, a pesar de mi ofrecimiento de pagar la mitad, como correspondía. Ella se bajó en la plaza principal, mientras yo me quedaba con el taxista para preguntarle donde podía dormir esa noche, y cuánto me cobraba por llevarme a Saint Jean Pied de Port, esa misma noche o a la mañana siguiente bien temprano. La amable mujer, se despedía, mientras me indicaba donde quedaba su casa no muy lejos de ahí.
Y ahí estaba yo entre los 120 euros que me pedía el taxista para llevarme a mi destino, esa misma noche o al día siguiente; y las indicaciones que me hacía una buena mujer de dónde quedaba su casa. Terminé por despedirme de ella con un "Gracias" eterno, y al taxista, con un "ya lo pensaré", dubitativo...
De pronto me encontraba a las 23:00 en la plaza principal de Pamplona sabiendo que a esa hora estarían todos los albergues cerrados, como lo fui comprobando cuando deambulé por los más cercanos...


Comentarios
Publicar un comentario