La grandeza de un instante de Luz


El amor de un corazón inmaculado derrama su néctar y llega a nosotros a través de todos los rayos de luz que se multiplican por doquier, a medida que las horas avanzan, nuestro corazón, enturbiado por los malos recuerdos, hace caso omiso de ello gracias a la oración en concentración de aquel amor que se nos da a diario, y cada vez se acerca a ese amor impoluto, con la ausencia total de ninguna mancha, de ninguna mala intención o pensamiento o sentimiento.
Ese amor es un milagro!!!
Y está allí esperando despertar de un sueño aletargador, dinosaúrico y prehistórico. Está como oculto, insignificante, inadvertible. Sin valor, como una gema olvidada o perdida.
Yace allí en el fondo de la memoria de un húmus que absorbe toda la luz y la humedad de la tierra. De una memoria que impone los malos recuerdos en capas donde se suceden desde las malas intenciones hasta los malos recuerdos. De una memoria que eclipsa el horizonte de un mañana, con aquella gema prendida.
Es cuando, como hoy, me siento un minero escarbando con su pico la roca, hasta que comienzan a movilizarse las aguas del pecho abriendo paso a la risa o al llanto. La memoria no puede contener más, con sus acantilados, las vertientes que empiezan a romper la dura piedra, y la fina lluvia que empieza a caer al fondo del pozo, va limpiando la gema que se depositara allí, por un descuido, o un Gran y Perverso Olvido.
La mano del niño la toma con cuidado y con miedo, y la va subiendo a la altura de sus ojos. La descubre, la admira y la cuelga sobre su pecho. Desaparece, entonces el futuro, porque ya está allí con él. Era todo lo que el niño buscaba.
Los pies doloridos del niño ya hombre, recorren centímetro a centímetro el laberinto buscando la piedra preciosa.
La cara sonriente del niño ya viejo, estira sus labios en una sonrisa de arco, y sus lágrimas recorren los surcos de las arrugas de su cara, porque encontró la gema en su pecho escondida, tras los dolores de su hígado, tras la tensión de sus hombros forzados.
Qué aburrimiento dice la razón porque ya no tendré más laberintos que desentrañar!!!
¿Acaso el amor no puede distraer a la razón necesitada siempre de la variedad del color y la forma? Porque el amor tiene un color único, el blanco impoluto, y la imposibilidad de reducirlo y encerrarlo en una sola forma. No la tiene, y eso a la razón le aburre, siempre en busca de la multiplicidad de las formas y los colores.
Pero justamente, esa esclavitud a lo múltiple y colorido, es lo que permite el olvido de la gema en el pecho, con su luz blanca y sin una forma que la defina.
Gema que no puedo ver, sólo sentir.
Entonces, nace un nuevo hábito el de tocar la gema de mi pecho, sin verla. Desde mi ceguera azul, palparla con mi intuición.
Me quedo entonces ahí, sin ese hábito propio del olvido, de buscarle algo que la defina o de querer verla. No hay definición posible del amor que surge como río caudaloso que me une y nos une, a todos, no hay nada allí para ver.
Me quedo entonces ahí, sin necesidad de otro color, sólo ahí con el blanco de todo perdón...
Me quedo entonces ahí, con el silencio de un rumor imperceptible...
Me quedo ahi y siento la grandeza del instante de Luz.
Sin formas,
sin colores
y sin tiempo,
sintiendo sin ver.
Desde ahí queda un laberinto por desentrañar, el de como influir para unir la gema propia con las de los demás, e informales que está ahí dormida esperando por ellos, esperando por Nosotros.
Basta de búsquedas de palacios coloridos, bellos y multicolores, porque ellos nos atraen pero nunca nos terminan de satisfacer del todo, porque en ellos no se unifica la luz, sino que se fragmenta aún más atrayendo la oscuridad, la violencia y la destrucción por la ambición de tenerlos. Ellos nos dividen y nos separan en bandos.
Nos queda, entonces un único camino, el de vuelta en el laberinto de colores y formas, para volver a recordar la luz primigenia, dentro y contenido en aquel infinito instante de Luz.
12/06/2018, Hernando José Ibarra

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