La Gran Prueba
Publicada en Eler Dunken
La felicidad es la tierra conquistada después de luchar contra el abismo, a veces en forma de cantos de sirenas de islas remotas; o con puertas doradas, del otro lado amuradas ; o palacios enormes de brevísimos tiempos; o labios carnosos de palabras mudas; o sonrisas destellantes de no más de un instante.
Este abismo lleno de falsos caminos se transforma en laberinto que dirige los pasos hacia callejuelas brillantes sin salida, mientras la arena del tiempo desecha sus granos uno a uno, sin poder volver a recuperar ninguno.
Hasta que una luz al final del túnel con un brillo distinto a la de los espejos, señala una salida. No se llega a ella sin antes comenzar la batalla contra las bellas sombras que se cubren de apariencias rozagantes, pero sin cuerpo y muy vacías.
Ellas no quieren que alcancemos la fuente de luz y que disfrutemos de la paz que en su centro anida. Esos espejos que reflejan la luz de la fuente son seductoras trampas del tiempo que se nos ha concedido; y para que en vida no la alcancemos.
Así es el largo camino laberíntico, con una luz al final, y con millones de espejos que nos desvían, y donde granos de arena se deslizan irrecuperables por un tiempo ya perdido.
Cada espejo que al romperse desnuda su porción de abismo, es un paso que nos acerca a la felicidad que nos espera desde siempre, después que ella misma nos lanzara en la gran prueba, en la gran lucha contra los espejos.
Allí las sombras se creen dueñas de una luz que no les pertenece. Se les ha otorgado el poder para transformarse bellas, tanto como para anular la ĺámpara de nuestras búsquedas, y hacernos creer que necesitamos de su fantasmal y efímera luz, cual densa como la niebla.
Arrebatar ese poder efímero es dar más intensidad a la linterna que ilumina nuestros pasos.
Cada espejo roto es un escalón más hacia la fuente, que nos lanzó como un vacilante brote o tallo, encerrado en una semilla de esperanza; y que nos espera transformado en flor deslumbrante de destellos, suma de todas las luces recuperadas de los espejos rotos.
El final tiene un premio, la de poder habitar en la fuente sin que su belleza rutilante nos destruya.
Hernando J. Ibarra. 06/07/18
Este abismo lleno de falsos caminos se transforma en laberinto que dirige los pasos hacia callejuelas brillantes sin salida, mientras la arena del tiempo desecha sus granos uno a uno, sin poder volver a recuperar ninguno.
Hasta que una luz al final del túnel con un brillo distinto a la de los espejos, señala una salida. No se llega a ella sin antes comenzar la batalla contra las bellas sombras que se cubren de apariencias rozagantes, pero sin cuerpo y muy vacías.
Ellas no quieren que alcancemos la fuente de luz y que disfrutemos de la paz que en su centro anida. Esos espejos que reflejan la luz de la fuente son seductoras trampas del tiempo que se nos ha concedido; y para que en vida no la alcancemos.
Así es el largo camino laberíntico, con una luz al final, y con millones de espejos que nos desvían, y donde granos de arena se deslizan irrecuperables por un tiempo ya perdido.
Cada espejo que al romperse desnuda su porción de abismo, es un paso que nos acerca a la felicidad que nos espera desde siempre, después que ella misma nos lanzara en la gran prueba, en la gran lucha contra los espejos.
Allí las sombras se creen dueñas de una luz que no les pertenece. Se les ha otorgado el poder para transformarse bellas, tanto como para anular la ĺámpara de nuestras búsquedas, y hacernos creer que necesitamos de su fantasmal y efímera luz, cual densa como la niebla.
Arrebatar ese poder efímero es dar más intensidad a la linterna que ilumina nuestros pasos.
Cada espejo roto es un escalón más hacia la fuente, que nos lanzó como un vacilante brote o tallo, encerrado en una semilla de esperanza; y que nos espera transformado en flor deslumbrante de destellos, suma de todas las luces recuperadas de los espejos rotos.
El final tiene un premio, la de poder habitar en la fuente sin que su belleza rutilante nos destruya.
Hernando J. Ibarra. 06/07/18


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