La transparencia
Haciendo el camino de Arlés desde Lourdes, hasta Somport, para desde allí emprender el camino de Aragonés hasta Puente la Reina, recuerdo con profunda satisfacción la experiencia que tuve, al encontrarme con los pocos peregrinos que transitan esos caminos, y con los hospitaleros o encargados de los albergues.
Por ejemplo, conocer al Padre Pier, del monasterio de Sarrance, monje y cura a la vez, de la orden Trapense, me sorprendió gratamente. Él después de dar misa y organizar la cena comunitaria en el albergue del Monasterio, es quien con sus propias manos, enfundado en largo delantal blanco, se pone a lavar los platos sucios de los veinte comensales, que participamos esa noche en la cena.
De un grupo de peregrinos que se había formado en Olorón Saint Marie, para llegar desde ahí a Sarrance. Al día siguiente emprendimos todos juntos la etapa que terminaría en Borceo. Donde, también terminaría mi participación como miembro de ese grupo, pues decidí seguir solo, ya que no estuve de acuerdo con hacer un trayecto en Bus, desde Borceo a Urdos, y de ahí seguir a pié. También habían decidido hacer en transporte público, desde Col Somport hasta Canfranc. Los argumentos que sostenían tal decisión era que las rutas eran muy angostas y estaban transitadas por enormes camiones, y al no haber senderos alternativos el recorrido se volvía muy peligroso.
En dicha decisión del grupo había una fuerte influencia de un Peregrino francés, quien se venía destacando desde Olorón, porque siempre llegaba primero, y nos espera sentado recién bañadito en los albergues a los que íbamos llegando a las cansadas. No sólo eso, sino que además daba indicaciones al resto, de lo que era correcto y lo que no. En el albergue de Oloron me indicó que no debía apoyar la mochila en la cama. En el albergue de Borceo entré sin darme cuenta con las botas embarradas, y ensucié el piso; él vino rápidamente a decirme que debía dejarlo limpio. Asentí con sumisión, porque tenía razón y le agradecí el haberme avisado. Unas horas más tarde, preparándonos para ir a dormir advierto que se estaba lavando los dientes en la bacha de la cocina, entonces le dije que porque no lo hacía en el baño. Él se disculpó haciendo señas de que limpiaba la bacha con las manos y así, desalojaba lo expulsado por su boca al lavarse.
En ese momento pensé: "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".
Al otro día, me levanté más temprano armé la mochila y decidí no seguir el consejo de nuestro circunstancial líder, y el trayecto desde Borceo a Urdos , y desde Col Somport a Canfranc no lo hice en Bus, sino que lo hice a pié. Gracias a ello pasé muy cerca de un recóndito castillo enclavado en una parte bien alta de los Pirineos, el Fuerte de Portalet. Sí, es cierto, era peligroso andar por la ruta ante el numeroso paso de camiones, pero andando con cuidado se minimizaba al máximo el peligro.
Al llegar a Somport y cenar en el albergue esa noche solo, extrañé al grupo y la cena del monasterio con el padre Pier. Muy cerca de mi mesa estaba sentada una mujer, al parecer extranjera.
Cuando subí al dormitorio para disponerme a dormir, un peregrino italiano, que había llegado después que yo, me hizo una seña para avisarme de que teníamos una huésped nueva. Era la mujer que estaba sentada sola.
A la mañana siguiente la encontré desayunando y dispuesta a comenzar el camino aragonés. Desayunamos juntos, y por señas y media lengua en inglés le dije que yo comenzaba el Aragonés ese día. Como yo venía de Lourdes, ella entendió que yo iba a Lourdes. Cuando terminamos de desayunar, y de colocarnos la mochila para salir, ahí cayó en la cuenta que íbamos en la misma dirección. Se alegró muchísimo al saber que no iba a tener que ir sola, en medio de esa masa de niebla que se había asentado desde muy temprano sobre Somport. Bajamos a tientas y la niebla duro muy poco hasta llegar a las ruinas medievales del hospital de peregrinos, del cual sólo quedan sus cimientos construídos por enormes piedras.
Desde allí empezamos a bordear el río Aragón, y cada uno empezó a caminar a su ritmo. Pero era contagiosa la alegría que tenía por haber encontrado la compañía de alguien. Así pasamos la estación Canfranc, etc., hasta encontrarnos con un peregrino de San Sebastián, Manuel. Con él vinimos charlando desde, Villanúa hasta Jaca (17 kms). Pobre alemana, ella, por el idioma quedó excenta de la charla.
Y llegamos a Jaca, con Manuel, mientras que la alemana se tuvo que tomar un bus desde Castillo de Jaca la población anterior, porque ya no le daba su estado físico.
Con Manuel entramos a Jaca y bordeamos la fortaleza, famosa en la ciudad, con la forma de una estrella de cinco puntas. Entramos al supermercado y compramos comida para preparar, llegamos al albergue y cocinamos abundante comida, de la que participaron la alemana, quien ya había llegado al albergue (por segunda vez agradecida) y otro peregrino más que nos estaba bien de su tobillo, y además, el grupo de franceses que había abandonado en Borceo, dos franceses, una francesa y una Italiana. Quienes me aclamaron cuando me vieron entrar al albergue de Jaca. Raphael quien lideraba el grupo ya no estaba, tampoco pregunté por su destino. Allí pensé: "Aquel que quiere adelantarse termina perdiéndose"
Pero fue tal la alegría cuando me vieron, y tanta la alegría que sentí cuando los ví. ¿Qué será, no? Sentir lo que se siente con gente apenas conocida.
Seguí con ellos hasta Puente la Reina, en donde La Alemana partió a Pamplona, para desde allí irse a Bilbao y hacer el camino del Norte. Manuel se quedó en Santa Cilia con dolores de rodilla. Un Polaco, un Argentino de Ushuaía, un Suizo, un Alemán y un Español, con quienes compartí el camino desde Jaca, y tampoco volví a ver, cuando llegué a Santa María de Eunate.
En Muruzábal 2 kms antes de Puente la Reina entré a un bar, después de hacer unos devastadores 30 kms. Allí en la tv del bar estaban transmitiendo una corrida de toros. Mientras saboreaba el líquido dorado de la cerveza que me tomaba miraba con sorpresa la baba en la boca del toro por la terrible sed que le produciría semejante situación de stress, al estar próximo a su muerte. Pagué lo consumido, y a la vez sentí cierta indignación al ver a la masa de gente como aclamando, y como bajándole el pulgar al unísono pidiendo por el sacrificio del pobre Toro, como en los antiguos coliseos romanos.
Al salir y no encontrar a nadie, empecé a sentir la inmensa alegría de cruzarme con los peregrinos del camino, con los cuales pude experimentar verdaderos sentimientos de amistad, de corto tiempo pero de gran intensidad, como no sucede en con quien nos relacionamos en las Grandes Urbes, donde en algunas, las corridas de toros son aclamadas.
Todo el camino es un hogar, habitado por una familia de personajes pasageros, pero con los cuales se entabla una relación de amistad con la transparencia que determinan intereses tan simples cómo conseguir un lugar donde dormir, cómo llegar a la siguiente etapa sin perderse, dónde y qué comer, qué habrá pasado con éste o aquel, cómo aprovechar los lugares por donde vamos pasando, etc., etc. Sí, intereses simples pero verdaderos, lo que hace que no aparezca la opacidad del ser humano que encontramos en los cortos caminos de nuestra vida habitual.
Eso que es lo que realmente me conmueve, y es lo que me hace volver una y otra vez.
Gracias
Por ejemplo, conocer al Padre Pier, del monasterio de Sarrance, monje y cura a la vez, de la orden Trapense, me sorprendió gratamente. Él después de dar misa y organizar la cena comunitaria en el albergue del Monasterio, es quien con sus propias manos, enfundado en largo delantal blanco, se pone a lavar los platos sucios de los veinte comensales, que participamos esa noche en la cena.
De un grupo de peregrinos que se había formado en Olorón Saint Marie, para llegar desde ahí a Sarrance. Al día siguiente emprendimos todos juntos la etapa que terminaría en Borceo. Donde, también terminaría mi participación como miembro de ese grupo, pues decidí seguir solo, ya que no estuve de acuerdo con hacer un trayecto en Bus, desde Borceo a Urdos, y de ahí seguir a pié. También habían decidido hacer en transporte público, desde Col Somport hasta Canfranc. Los argumentos que sostenían tal decisión era que las rutas eran muy angostas y estaban transitadas por enormes camiones, y al no haber senderos alternativos el recorrido se volvía muy peligroso.
En dicha decisión del grupo había una fuerte influencia de un Peregrino francés, quien se venía destacando desde Olorón, porque siempre llegaba primero, y nos espera sentado recién bañadito en los albergues a los que íbamos llegando a las cansadas. No sólo eso, sino que además daba indicaciones al resto, de lo que era correcto y lo que no. En el albergue de Oloron me indicó que no debía apoyar la mochila en la cama. En el albergue de Borceo entré sin darme cuenta con las botas embarradas, y ensucié el piso; él vino rápidamente a decirme que debía dejarlo limpio. Asentí con sumisión, porque tenía razón y le agradecí el haberme avisado. Unas horas más tarde, preparándonos para ir a dormir advierto que se estaba lavando los dientes en la bacha de la cocina, entonces le dije que porque no lo hacía en el baño. Él se disculpó haciendo señas de que limpiaba la bacha con las manos y así, desalojaba lo expulsado por su boca al lavarse.
En ese momento pensé: "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".
Al otro día, me levanté más temprano armé la mochila y decidí no seguir el consejo de nuestro circunstancial líder, y el trayecto desde Borceo a Urdos , y desde Col Somport a Canfranc no lo hice en Bus, sino que lo hice a pié. Gracias a ello pasé muy cerca de un recóndito castillo enclavado en una parte bien alta de los Pirineos, el Fuerte de Portalet. Sí, es cierto, era peligroso andar por la ruta ante el numeroso paso de camiones, pero andando con cuidado se minimizaba al máximo el peligro.
Al llegar a Somport y cenar en el albergue esa noche solo, extrañé al grupo y la cena del monasterio con el padre Pier. Muy cerca de mi mesa estaba sentada una mujer, al parecer extranjera.
Cuando subí al dormitorio para disponerme a dormir, un peregrino italiano, que había llegado después que yo, me hizo una seña para avisarme de que teníamos una huésped nueva. Era la mujer que estaba sentada sola.
A la mañana siguiente la encontré desayunando y dispuesta a comenzar el camino aragonés. Desayunamos juntos, y por señas y media lengua en inglés le dije que yo comenzaba el Aragonés ese día. Como yo venía de Lourdes, ella entendió que yo iba a Lourdes. Cuando terminamos de desayunar, y de colocarnos la mochila para salir, ahí cayó en la cuenta que íbamos en la misma dirección. Se alegró muchísimo al saber que no iba a tener que ir sola, en medio de esa masa de niebla que se había asentado desde muy temprano sobre Somport. Bajamos a tientas y la niebla duro muy poco hasta llegar a las ruinas medievales del hospital de peregrinos, del cual sólo quedan sus cimientos construídos por enormes piedras.
Desde allí empezamos a bordear el río Aragón, y cada uno empezó a caminar a su ritmo. Pero era contagiosa la alegría que tenía por haber encontrado la compañía de alguien. Así pasamos la estación Canfranc, etc., hasta encontrarnos con un peregrino de San Sebastián, Manuel. Con él vinimos charlando desde, Villanúa hasta Jaca (17 kms). Pobre alemana, ella, por el idioma quedó excenta de la charla.
Y llegamos a Jaca, con Manuel, mientras que la alemana se tuvo que tomar un bus desde Castillo de Jaca la población anterior, porque ya no le daba su estado físico.
Con Manuel entramos a Jaca y bordeamos la fortaleza, famosa en la ciudad, con la forma de una estrella de cinco puntas. Entramos al supermercado y compramos comida para preparar, llegamos al albergue y cocinamos abundante comida, de la que participaron la alemana, quien ya había llegado al albergue (por segunda vez agradecida) y otro peregrino más que nos estaba bien de su tobillo, y además, el grupo de franceses que había abandonado en Borceo, dos franceses, una francesa y una Italiana. Quienes me aclamaron cuando me vieron entrar al albergue de Jaca. Raphael quien lideraba el grupo ya no estaba, tampoco pregunté por su destino. Allí pensé: "Aquel que quiere adelantarse termina perdiéndose"
Pero fue tal la alegría cuando me vieron, y tanta la alegría que sentí cuando los ví. ¿Qué será, no? Sentir lo que se siente con gente apenas conocida.
Seguí con ellos hasta Puente la Reina, en donde La Alemana partió a Pamplona, para desde allí irse a Bilbao y hacer el camino del Norte. Manuel se quedó en Santa Cilia con dolores de rodilla. Un Polaco, un Argentino de Ushuaía, un Suizo, un Alemán y un Español, con quienes compartí el camino desde Jaca, y tampoco volví a ver, cuando llegué a Santa María de Eunate.
En Muruzábal 2 kms antes de Puente la Reina entré a un bar, después de hacer unos devastadores 30 kms. Allí en la tv del bar estaban transmitiendo una corrida de toros. Mientras saboreaba el líquido dorado de la cerveza que me tomaba miraba con sorpresa la baba en la boca del toro por la terrible sed que le produciría semejante situación de stress, al estar próximo a su muerte. Pagué lo consumido, y a la vez sentí cierta indignación al ver a la masa de gente como aclamando, y como bajándole el pulgar al unísono pidiendo por el sacrificio del pobre Toro, como en los antiguos coliseos romanos.
Al salir y no encontrar a nadie, empecé a sentir la inmensa alegría de cruzarme con los peregrinos del camino, con los cuales pude experimentar verdaderos sentimientos de amistad, de corto tiempo pero de gran intensidad, como no sucede en con quien nos relacionamos en las Grandes Urbes, donde en algunas, las corridas de toros son aclamadas.
Todo el camino es un hogar, habitado por una familia de personajes pasageros, pero con los cuales se entabla una relación de amistad con la transparencia que determinan intereses tan simples cómo conseguir un lugar donde dormir, cómo llegar a la siguiente etapa sin perderse, dónde y qué comer, qué habrá pasado con éste o aquel, cómo aprovechar los lugares por donde vamos pasando, etc., etc. Sí, intereses simples pero verdaderos, lo que hace que no aparezca la opacidad del ser humano que encontramos en los cortos caminos de nuestra vida habitual.
Eso que es lo que realmente me conmueve, y es lo que me hace volver una y otra vez.
Gracias


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