En el rito diario de comer
Cortar cebolla en concéntricos aros.
Calentarlos sobre mantequilla sobre un fuego rojo, ardiente hasta hacerla crema. Y recibir ese golpe nasal anfetamínico...Dopante, soñador.
Y agregar e imaginar qué cosas más agregar.
Hasta descongelar y resucitar esa carne blanca latente que desesperada espera consustanciarse con mi ser y transformarse en bocado, en sumarse a mis células, a mi sangre, a mis neuronas.
Ese bocado que se deslizará por entre los granos de sal, si es marina mejor, atravesando gustos picantes, agrios y humeantes. Y también pungente por el ají picante.
No problem!!! Un malbec atenuará la aflicción al paladar, y arrastrará todo dolor al crisol de mi estómago. Pero allí, en ese momento, ya soy otro, ya cansado por la preparación culinaria y en plena digestión, me vendrán imágenes de estar en escenarios lejanos, estupefacto por la belleza de los lugares. Y mientras recuerdo mis pasos, allá perdidos, mis ojos se entrecierran, y el reloj interior comienza a notificar: ! SIESTA, SIESTAAAAAA!!!!!!!


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