Oporto, ojos con color del vino.
La ciudad entera se me ha caído encima,
como si toda su lluvia fuese con sus tejados
de barro mojado, los naranjas que oprimen
mis sienes, la firmeza ausente bajo mis pies,
en el suelo mojado; y ha codazo limpio
me desplazo bamboleante entre extraños,
sin comprender el porqué de sus miradas
fijas, que no pestañean para humectar sus ojos
de vidrio.
Así como entré salí de ella. Me atrajo decidida,
para expulsarme y condenarme a su ausencia,
a no tenerla como objeto de plata, quieto y admirado.
Fue una impresión, luego un soplo, ahora un recuerdo, mañana un olvido...
Ciudad de los techos rojos, de los azulejos azules, la de los ríos de vino bermejo, hogar de gaviotas, me has dejado solo a un costado del camino, para que se humecten mis ojos y no sean de vidrio, como los de tu gente cuyos rostros son valles labrados...


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