Las tres flechas del Camino
Las tres flechas que me mostró el Camino de Santiago de Compostela.
No fue cuando apenas llegué que me pregunté lo que aprendí en el Camino de Santiago.
Fue al tiempo cuando empecé a extrañar las mañanas en las que me levantaba sólo para caminar, en donde encontraba siempre la flecha amarilla que me indicaba la dirección correcta.
Pero entonces, ¿qué aprendí entre esos recuerdos que ya son pasado?
Fue esto: mi mente imaginaba también una flecha roja que elevándose por la vertical del fuego, me mostraba glorias y triunfos innecesarios, para hacer del camino una competencia. Para ganarle al tiempo y reducir espacios. Para encadenarse a un mañana que todavía no había llegado. Aprendí que ahora, en el camino de mi vida esa flecha roja, es un callejón con muchas luces y espejismos pero sin salida.
Por otro, lado mi mente también imaginó, muchas veces una flecha negra, donde los dolores y las incomodidades, me iban llevando a preguntarme sobre el sin sentido de sufrir, a la pregunta irrelevante: ¿qué hago aquí? Esta flecha también me llevó a callejones sin salida, hacia acantilados negros, que son muy difíciles de remontar. Y que a muchos a llevado a abandonar el Camino.
Aprendí que la única que hay que seguir es la amarilla, que te pone en el paso a paso, sin pensar en el fin y ni en el tiempo necesario para llegar.
Esto fue lo que aprendí, que caminar en la forma correcta permite ir más allá de la vertical del fuego, más allá de la profundidad del agua.
¿Qué hay en el paso a paso, en la infinitud del instante?
Pude entrever entre la luces rojas, verdes y azules de la alta catedral del presente una zarza ardiente que se elevaba sobre un gran agujero negro donde iban cayendo en lento remolino las ambiciones, los fines, los dolores, las incomodidades, el egoísmo, el temor, el odio, la frustración y el resentimiento.
La visión fue de un milisegundo, pero suficiente para cambiar el curso de toda mi vida.
¡¡¡Gracias, Camino de Santiago!!!
Hernando


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