Había una vez...
En mis libros detuve el reloj insanciable del tiempo, que no sólo devoraba las horas, sino que también se iba comiendo, sin pausa mi existencia.
En mis libros pude detener ese río imparable del tiempo...
Digo mis libros aún de aquellos que no son míos, pero los siento como tales porque al abrirlos una dimensión atemporal me cobijaba, como lo hacía mi madre cuando la luz del día me abandonaba en la noche muda.
Su retirada, la del día, abría paso a una mujer siniestra de largo traje negro que acechaba desde todos los rincones, era la noche.
Pero siempre estaba ella, mi madre, para demorar mi miedo.
Luego vinieron los libros para convertir las noches de sombras en espíritus susurrantes: las letras, las palabras, los seres, las historias.
Así hice con ellos, con mis hijos, contándoles cuentos de libros, que buscaba prestados de una biblioteca pública, a la cual me había asociado para ello, para nutrirme de imágenes y de seres atemporales, y poder avisarles que habia una dimensión distinta que no estaba regida por el tiempo, por los plazos, por los vencimientos, por el fin de las cosas. Allí siempre había un comienzo, un principio, un primer paso.
Todavía resuena en mi memoria, mientras caen lágrimas por mis mejillas, aquella frase melodiosa de: "habia una vez, en algún lugar..."
El cuento que más les gustaba era la del león enamorado. Decía así: "...


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