La Espera de Augusto

Las nubes impidieron el paso de los rayos de sol, esa mañana de un domingo sin una actividad programada. Más bien un día especialmente diseñado para ir y venir en función de una poderosa ley, a la que llamo de la derivación. Fuerza que te lleva y te lleva al límite de los confines. 
Augusto, a pesar del día desbordaba de felicidad. Su nave estaba terminada, pero quería probarla en un noche estrellada, y según los pronósticos, habría que esperar unos días. Derrotó su ansiedad, probando la esfera voladora en el parque que rodeaba su casa. 
Se metió en ella que colgaba desde un aparejo dentro del garage. Los mecanismos funcionaban correctamente, y su gran descubrimiento: la propulsión de movimiento continuo  con producción de vacío y llenado de la energía, que el mismo vacío producía. Como una cinta de Moebius, a la que él por esas raras casualidades, pudo desentrañar para aplicarlo a su dínamo de movimiento continuo. Un raro y simplísimo circuito autopropulsante cuya velocidad podía llegar hasta la de la luz.
Prendió, digamos el motor, especie de dínamo en forma de linterna  que enviaba un chorro de luz negra sobre un superficie cóncava, en cuyo centro rebotaba y expulsaba por unas troneras a los costados de la esfera, una luz iridiscente, que se transformaba, en energía motora hacia atrás, para avanzar; o hacia abajo, para flotar.
Voló y flotó a discreción.
Esa noche no iban a aparecer las estrellas, y no iba a haber un viaje surcándolas. A Augusto  por el momento sólo le quedaba esperar.
Sintió en su corazón un chorro de luz negra, en el momento más bajo de su presión arterial. Luego, el fluir de luz que se expande por todo su cuerpo, en el momento de la contracción. Se acordó de lo que sintió cuando descubrió su linterna negra. 
Sólo le quedaba esperar, nada más que esperar.


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