Prologo del libro: ¿Qué se mira desde adentro?

 ¿A quién escribe un escritor? Para mí, un escritor se dirige, a sus partes ausentes pero latentes, sus partes presentidas pero aun no encontradas. Sus partes sospechadas, todavía sin un perfil preciso y acabado. Es decir le escribe a todo aquel que él no es, le escribe a alguien que no existe, le escribe y dialoga con su con su fantasma. Este es su lector invisible. Aquel que no tiene ojos que lo miren e indaguen. Son sus partes negadas y también, sus partes ansiadas. Y entre las dos equilibran una balanza, que permite crear una atmósfera respirable, porque si predominara una de ellas, aquellas se tornaría irrespirable. 

Sus escritos son diálogos que intentan darle un perfil alguien que no lo tiene, pero que se presiente, se sospecha, que nos llama en silencio, que nos enamora su parte hueca a ser llenada por la luz de nuestra mirada. La felicidad es indescriptible cuando eso se logra, cuando se puede transformar un interrogante en un signo de admiración por algo develado.

El escritor escribe para hacer visible lo que no puede ver, pero que siente que está llamándolo desde otra orilla para que sea rescatado y traido al mundo de los objetos que son atrapado por las miradas. Es la tarea de un artesano que empieza con una idea, luego un bosquejo y entre el material, los recursos y la idea van llegando a la obra terminada.

El escritor escribe porque se sabe ciego, pero que es arrastrado por la intención impuesta de ver lo que está allí entre las sombras, o debajo de la sábana blanca suspendida en el aire por la presencia de un fantasma. Una flecha lanzada a llenar un vació cuyos perfiles están presentidos, sospechados, quizás, débilmente recordados y vividos en la incosnciencia de que ellos han sido olvidados de un tiempo remoto y pasado.

Comparemos esto con lo que hace un robot, quien es incapaz de presentir lo hueco, sospechar lo invisible, perfilar una respuesta desde una pregunta vacía pero sabiendo parte de la respuesta buscada.

Un robot hace lo ya prefijado, lo establecido, lo programado. Se mueve únicamente dentro de lo conocido, jamás se plantea lo desconocido. No busca algo distinto a lo dado. La circunstancia lo completa totalmente, no le queda ningún margen de lo que está más allá de ello.

Volviendo a la idea de quien escribe, que es una artista que está buscando permanentemente llenar una forma vacía, también lo es para el educador que intenta trasmitir sus conocimientos y guiar a otros por el camino del aprendizaje. Esos otros sin el conocimiento que el educador intenta trasmitir son esas formas vacías, que el artesano con sus manos elabora hasta dar con su obra terminada, que el escritor logra describir con un rostro nuevo a algo ya conocido. Quehaceres tan humanos, tan lejanos de las posibilidades de un robot, que ignora, que es insensible a los desconocido, y que no sabe que muere.

Sí, la muerte nos hace humanos. Es decir no la muerte en sí, sino el hecho de saber que morimos. Y un buen ejercicio para alcanzar el máximo de humanidad posible es no perder conciencia de esta verdad irrefutable, la de que no somos, ni estamos para siempre. De que tenemos un final, y que cada instante que pasa, significa que más nos acercamos a ese fin de la existencia, que conocemos. 

Muchos piensan que no hay que pensar en ello. Que una forma de positivizar la vida es la de vivir el aquí y ahora, desconociendo lo que vendrá después. Pero la mejor forma de sentir ese aquí y ahora es saberlo irreversible, irrepetible y con una discontinuidad. Esto hace que ese aquí y ahora se sienta más intenso.

La depresión de sabernos algún día muertos, no es por la muerte en sí misma, sino por el hecho de que nos negamos a ella. Si hay negatividad a causa de ello, es por su negación, no por el hecho en sí. En cambio hacernos conscientes de ello y aceptarla, nos carga de energ;ia ahora y nos permite vivirel ahora m;as intensamente.


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