En la Otra Orilla
La tormenta avanzó con sus nubarrones y fue borrando, sin darnos cuenta el horizonte; y la bóveda celeste se transformó en una olla dada vuelta sobre nuestras cabezas, acostumbradas a pensar en seco, como la repeticion monótona de un mecanismo.
Sin esa agua molesta que se escurre por el cuello y luego por todo el cuerpo, apareció el oxígeno por los rincones, antes calcinados por el fuego de una tarde más, de un verano interminable. No nos importó la mojadura a cambio del oxígeno fresco y de la nostalgia de estar frente al mar recibiendo su brisa fresca, donde se elevan los pelícanos con peces en su picos, donde navegan veleros como si navegaran solos sin navegantes a la vista, donde la maravilla del mar calmo simula la maravilla de las golondrinas cuando van de regreso al hemisferio opuesto....
Donde el amor ausente abraza oprimiendo el cuerpo, sin su sonrisa y su mirada laxa, donde todo es algo que se recuerda y a la vez se olvida.
Donde todo está lejos, al expandirse, del centro infinitesimal que anima el todo desde siempre.
Ya estamos casi en la nada, al sentir que nos circundan lazos etéreos que se contradicen, y en su lucha vamos desapareciendo.
Ya es imposible encontrar el punto donde asirse, aquél que estaba detrás de la cornisa de piedra, la que fuera un sendero.
¿El cuerpo nos abandona, o nosotros lo abandonamos. Dejamos o nos dejan?
¿De quién será la inclaudicable intención de seguir viviendo cuando todos los sostenes van desapareciendo?


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