El Yo Laberinto

Estaba sentado, él, tú, nosotros, también ellos. Todos. Y se abrió, porque estábamos  saliendo del laberinto de nuestro Yo. Del otro lado burbujeaba la luz y se apreciaba su belleza y su bondad en la medida que se acallaba el yo tras sus intereses mezquinos y se esfumaba en su laberinto. No había necesidad de agradar a nadie, no había nada que conseguir de los demás. Todo se reducía a una forma única, un haz de luz. Son estás mismas luces, cuando de niño se prendían tras mis párpados cuando me dormía en medio de la oscuridad. Tantos años, más de cincuenta, han permanecido apagadas, desplazándome por el interminable laberinto oscuro siguiendo el reflejo de los espejos negros. E ilusionado siempre en su infinitud. ¡¡Qué felicidad!! Cierro los ojos y las veo, cientos de luces resplandeciente, sin edad...Tras el muro de piedra gris, la gran puerta abierta, ha esfumado la visión de un horizonte final.

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