La tristeza de un niño transformada en alegría (H.J.I. 24/07/2017



Yo niño, sentado en la verja de una esquina,
en una noche interminable,
los golpes de las sillas rotas,
incrustadas en las paredes de mi casa,
parada en una cruz, en cuyo centro 
la noche se instaló para siempre
para que en el pecho de aquel niño 
siguieran resonando anulados los sonidos 
de sillazos contra paredes doloridas
y de vajilla hecha trizas contra un piso amedrentado.
En esa casa donde se espera 
nada más que amor y nada más que paz.

Para anular todo aquello,
dejé de sentir las cosas buenas,
y elegí sentir las cosas malas,
más groseras, más fuertes,
y con esa materia densa 
construí gruesas paredes
donde quedaría encerrado aquel recuerdo,
el de una esquina humillante
aquella noche cuando tenía
sólo cuatro años.

Lo recordé como pude, no fue fácil hacer
un boquete para verme sentado en esa agreste verja.
Miré el recuerdo  desde adentro, desde afuera, 
de todos los costados, hasta que las lágrimas contenidas
empezaron a fluir, arrastrando en el lecho de un río dormido,
toda la tristeza acumulada en el fondo, hasta que aparecieron
piedras lavadas y blancas, por la sal del llanto,
hasta  que brillos debajo del agua cristalina y pura,
bailaron saltarines.

Ese río que drenando tristeza
oxidó el escudo que tapaba el hueco de mi pecho,
llegó al mar donde llegan todos los recuerdos
transformados en anécdotas y luego en olvido.
Ese pecho ahuecado que se llenaba
con risas superfluos o vanas
o con sensaciones destructivas y malsanas, 
o con la permanente pretensión de tener ésto o aquello;
digo ese papel de cobre, se empezó a llenar de aire,
y salió por entre las cuerdas vocales
una especie de canto, o de alegría.

Ese niño esperando tras la triste noche de ese día
de pronto, un poco cansado, se vio parado
mirando un horizonte lleno de pequeñas manos
que transmiten simpatía, lleno de flechas 
señalando el sol amarillo, y de vieiras blancas
que traen el sonido de inquietas olas con el alma del fondo.

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