Visiones del camino
Íbamos en la noche buscando la flecha amarilla que nos indicara el camino. Pefreríamos la incertidumbre de las sombras a que el sol nos secara por dentro hasta dejarnos con el color del hueso...Y ahí en medio de las sombras chinescas aparecía la mansedad de una dirección amarilla, y la certeza de que nuestros pasos no eran inútiles.
Certeza que no duraría mucho tiempo, porque de pronto, nuevamente se bifurcaba el camino, y otras vez esa horrible sensación de duda, de la pregunta infinita de si a la izquierda o la derecha. Hasta que la veíamos de nuevo, allí, pintada sobre una piedra, como esperándonos para decirnos allá, allá está Santiago...
Cruzando sin parar casas dormidas, ventanas y puertas cerradas; sobre adoquines grises con bordes anaranjados, por el hierro que el tiempo les iba arrancando de su esencia, no podíamos mirar las estrellas. Sólo sentíamos que estaban arriba y también abajo. Y ese vacío que subía también bajaba, nos podría tragar en el momento más inesperado. Pero gracias al cansancio de recorrer subidas y de frenar bajadas, no nos quedaba lugar para el temor y la duda. Parecía que caminábamos como en un túnel en cuyo fondo se dibujaba un pequeño triángulo brillante, no; no era otra flecha amarilla, era Ella con olor a perfume de rosas que otra vez aparecía para animarnos en la travesía.
Nano
22/09/2017


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