Las dos direcciones
El miedo en mis entrañas
sólido como una piedra
fue haciendo con los años
los muros de mi laberinto.
Es complicado, lo sé,
salir de las celdas y del espiral,
que siempre me conduce
al punto de partida.
Donde el corazón de un niño
respira, la claridad de un día.
Pero, la lluvia de estrellas
espera allá afuera.
Arriba y abajo,
donde se pone a prueba
el miedo, para el final desapego.
Entonces el vuelo
y todas las intenciones
se funden en una sola...
Sentir los pies sobre tierra firme
y con la imaginación
ver más abajo.
Y saber el estar suspendidos
en un viaje, entre dos incógnitas:
la de un origen y la de un destino.
En la nave de la certeza
que navegamos por las estrellas,
y por la intensidad de la evidencia,
eso que parecía vacío se llena.
Hubo un pasado, habrá un futuro
donde sentíamos o sentiremos
sin necesidad del cuerpo,
y háblábamos o hablaremos entre
nosotros como hablan los cristales,
intercambiado reflejos
cuando la luz al pasar por los prismas
cambia de colores...
Hubo entonces dos direcciones:
salir del laberinto y dejar el manto
que nos cubre: su cuerpo.
O quedarnos en él,
donde toda luz se vuelve un deseo
y se hace oscura hasta perderse.


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