Cumplir un Sueño

Un caracol representa el mundo debajo de un grano de arena.
En cada arista vió suaves acantilados en donde los cuernos de las olas se deshacían en las patas de un cangrejo.
En su corrida inversa aquellas montañas de agua explotaban en millones de burbujas azules. 
Un Pincel firme, tierra adentro traía a su imaginación los horizontes curvos de un mar que doblaban las gaviotas. 
Los mezclaba con los recuerdos de haber estado, recuperando, manos arriba desparramando arena fina cayendo por entre sus dedos.
Mezclaba sus óleos y el olor a trementina iba y venía con el olor a mar salado que recordaba.
Arriba una techumbre de campanario sobre piedras musgosas daban testimonio de un abandono, con mármoles gastados por la huella de los años. 
Había miradas furtivas que siguían los pasos que ven con la luz de una mañana, cuando los pinceles no curvaban gaviotas síno sonrisas. 
Fue cuando comenzó a ver un esqueleto que se sostenía en una vara recta. Era un monje negro con el alma blanca que añoraba entre la dureza del cuero de sus sandalias los pies de bebés besados por su madre.

Y los vidrios congelados por el calor de la fe, explotaban en colores sobrios dentro de la catedral vacía.
Los senderos rompían alambrados y cercos, con piernas que trabajaban para construir la cima y reconstruirlas en un valle. 
Nieblas viajeras de origen ignoto lo vestían de un sueño dorado: caminar hasta donde comienza el cielo, donde empieza el vuelo, y convertir el banquillo de pintor  color marrón en alas que le ganan a la gravefüerza del centro...
De súbito el tiempo fue un escenario que dio lugar a otro. Donde antes fue el estudio de un pintor al óleo, ahora fue un camino al lado del mar. Donde el pincel se alargó y se convirtió en bordón, que acompañó cada paso con el golpe en las piedras.
Pudo entrar en su cuadro, miró hacia arriba y sonrió agradeciendo a quien lo había pintado.

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