Entrenamiento desconocido
Unas montañas a la vista. Un cielo transparente después de una torrencial noche. La que creí que iba a ser la última. Tras lo truenos se descorrió un pesadilla que soñe como si hubiese estado despierto: soñé ser un misterioso mago, que al deslizarse por una rendija por una única puerta posible de un largo túnel, pude atisbar el vacío que ofrece un más allá de todo lo visto o por conocer aún.
Al principio recogí la visión como si fuese una cachetazo de espanto, pero después se volvió en una paz profundamente sobrecogedora.
A diferencia de otras pesadillas, no me desperté sobresaltado, sino que me dormí intensamente.
A la mañana siguiente, un aire oxigenado con vetas de frío a modo de suaves latiguillos, me despertó.
Entonces vino un desayuno de las manos de la costumbre, en una mañana después de truenos y lluvia, dejando el aire cargado de oxígeno, con el vapor de un café negro levantando todas las neuronas.
Una esclava en mi boca pronta a liberarla de su esclavitud en mi estómago. Un vaso de
jugo de cítricos para disolver la mantequilla, la ricota, las semillas de sésamo, el puñado de harina de arroz y de sémola de trigo; y la clara de huevo, sobre la cual un pedazo de queso sacrificó su forma rectangular. Con el nombre de esclava bauticé mi receta feliz.
Y mientra escucho un tango de Pichuco, libero la esclava transformada en mariposa, a su vuelo fugaz, con un sonoro ruido producido en mis ciegos y profundos
laberintos.
Y un pensamiento que me consuela, eructar es la señal de una excelente digestión, algo que repetía siempre mi abuela.
Allá vuela la que fuera mi esclava hacia la cumbre de un Pan de Azúcar envuelto de cielo.
Mas acá, mi agradecimiento, porque lo de anoche fue sólo un sueño, aunque quizás sea uno de los ejercicios ejecutados por mi cerebro para prepararse cuando le llegue la hora de enfrentarse a su última noche.


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