El Día de la Cama
El Día de la Cama (06/07/19)
Después de luchar con mis preocupaciones que rondando en mi cabeza el sueño me quitaban, tu acción sin pausa, los problemas enmudeciste, masajeando mi espalda con tus dedos superficiales cuando al estirarme como culebra hundía mis pies en el pantano de las sábanas para subir la cuesta de la almohada, serpenteando con el cuello, hasta que las rodillas encendían tardías, la chispa que cerraban mis párpados hasta morir, y cumplir el rito sin ceremonia, de la práctica diaria de morir rendido cuando terminaba mi día.
Mis oídos no dejaban pasar los sonidos del aire, y sólo escuchaban el aire que subía y bajaba por mis pulmones. Ni siquiera escuchaba la voz de mis mentaciones, mis inútiles conversaciones que me decían lo que ya sabía. Cuando esa voz, que repetía mis vocalizaciones, enmudecía, me hundía en un mar de imágenes disparatadas propias de los sueños. Allí era Simbad el marinero, Saint Exupery el aviador, y hasta era un simple objeto que por dentro vivía. El cerebro explotaba y se oxigenaba al no verse detenido por ninguna regla, ninguna prohibición lo detenía, y parecía que descansaba al liberarse de las ataduras, de los días en donde debía cumplir la función de asesor de todas las tareas. Se liberaba hasta de nombrar las cosas. No necesitaba hacerlo porque estaba unido a ellas, y volvían a ser lo mismo, cerebro y cosas.
¡¡¡¡Oh, Cama, mi amada cama¡¡¡ Mi cerebro se enamoró de tí desde el primer día.
Recuerdo cuando formábamos un trío, y era como si te metieras en el ropero ausente, contenida, obediente. Pero en realidad, estabas allí postrada y quieta sobre las cuatro patas donde posaba por un brevísimo instante el monarca del Amor, y enarbolaba su poder sobre la vida, la existencia y el todo. Lo que fue tan eternamente vivido, en tu nido quedaron las huellas de su paso bailando para llenar el agujero negro de lo que habíamos sido, negando el acceso al olvido, cuando entrelazados por el látigo de las piernas que respondían a reflejos incontrolables, no podían imitar el sueño, y ser dos en uno.
Por fin dormíamos, cada uno con lo suyo pero en la misma cama, que en silencio y con amor de una madre, nos contenía. El Uno contenido por sus límites, los rompía el tiempo que venía de nuevo a someternos.
Amanecía y no querías que te dejáramos sola. Con manos invisibles luchabas con todo aquello que nos obligaba a levantarnos. Y a veces vencías, y nos ponías la pereza encima como poderoso pegamento que nos adhería a tu plano imperecedero. Te odié por ello, porque me obligabas a apurar el paso por el resto del día para no soportar las frentes arrugadas o entrecejos severos que alternaban reojos serios a relojes antipáticos y fríos.
Y para colmo de males, cuando despertaba hacías que todo lo vivido en sueños me lo olvidara; y no podía recordar los mundos por mi visitados, así como así , de un plumazo desaparecieron; y yo sabía que por allí había andado porque me quedaba el perfume de tierras inhóspitas y el sabor de lugares lejanos. Y el ánimo de héroes inmombrados.
Cama eres mi tesoro, mi fiel compañera, en las malas cuando no me duermo como tu quisieras, y te vuelteo. Cuando no me puedo levantar porque quiero seguir abrazado a tí por el resto del día, cuando me haces morir y dejar de ser el yo que no lo puede todo; y cuando eres la alfombra mágica que me lleva por los mundos mágicos que sueño y que de un plumazo olvido cuando despierto.
Cama, mi cuerpo te extraña a medida que el día avanza y su fin nos llega, para recibirte con los brazos abiertos cuando los ojos no pueden por sí solos seguir abiertos.
No sé quién te inventó, pero sería justo saberlo para rendirle un merecido homenaje, conmemorando el día de tan hermoso invento.
Propongo a todos los que me siguen buscar en el largo calendario que abarca el año, un día para instituir el glorioso Día de la Cama, y festejarlo, durmiendo, descansando, soñando, y todo lo que la cama nos deja hacer para el logro de una felicidad durarera.
¡¡¡¡Feliz Día!!!
Hernando Ibarra
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